29 de junio de 2009

Seis mil millones es un número que nos puede parecer grande. Es en números redondos el número de habitantes de la Tierra. Para darle un contexto, podríamos considerar gigantescas ciudades como Sao Paulo, México, Tokyo, las decenas de ciudades chinas de nombres poco familiares, o de la India, o la misma Lima. La sensación de agobio que la muchedumbre produce en las megalópolis, nos puede hacer pensar que efectivamente, seis mil millones es un número tremendamente grande.

Imaginemos entonces que el llamado Universo tuviera seis mil millones de planetas, o mejor aun, que existieran seis mil millones de planetas como la Tierra, cada una de ellas con sus seis mil millones de habitantes, o sea, seis mil millones a la potencia seis mil millones. Se abriría la posibilidad de que en uno de esos planetas, en vez de ser yo, podría ser mi hermana, y en otro, mi padre, y en otro mi madre, y mi amigo, y mi vecina (tan histérica ella), o el compañero de trabajo, o aquel profesor, aquel mendigo, aquella estrella del espectáculo, o tú mismo que lees este texto, y así, en cada uno de esos planetas, ser cada una de las seis mil millones de personas que habitan en este momento la Tierra.

En un programa de divulgación científica me enteré que las últimas investigaciones arrojan la posibilidad que el universo es en realidad, un multiverso. Esto querría decir que así como el big bang --que para mi sorpresa parece que ya es una teoría debidamente comprobada y aceptada por los que saben de estas cosas-- produjo lo que hasta ahora llamamos el universo, de la misma manera el multiverso sería la visión de un número multiverso de big bangs ocurriendo a cada momento, si es que momento fuese un concepto aplicable a semejante desmesura.

Para poder entender la idea, decía el divulgador científico, imaginemos una calle de infinitas cuadras con sendos cines, donde la película exhibida fuese la vida de cada uno de nosotros. Ahora yo digo, si hubiera cinco funciones al día, cinco honorables ciudadanos pudieran verse exhibidos al día… pero, y si día no fuese un concepto adecuado? Si el tiempo se desintegrase, si a un momento de ayer y a uno de hoy le aplicaramos indiferencia e inseparabilidad --la sugerencia es de Borges--, no estaríamos instalados en lo que podríamos llamar, espero que transitoriamente, eternidad?

9 de setiembre de 2007

Enamoradas

El alma enamorada de Dios hace decir a San Juan de la Cruz: Mi amado, las montañas, los valles solitarios, nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos…

En el Cántico Espiritual dice: Adónde te escondiste Amado, y me dejaste con gemido?

Para Rumi, poeta sufí, quien está enamorada de Dios es la Tierra. Dice: soy esclava de El… mis oídos están sordos a todas las palabras excepto las suyas y me es más querido que incluso mi propia dulce alma… estoy sorda y muda y ciega a todo excepto a El, pues soy como una hoja de hierba en Su mano.

El hombre es fruto de ese amor.

24 de febrero de 2007

En el Tet 2007, el 17 de febrero, pedí al I Ching (Yi Jing para los avanzados, avezados?) que me diera un motivo de meditación para el año del cerdo de fuego. Me dijo literalmente: si meditamos en lo que otorga duración a las cosas comprenderemos la naturaleza del cielo, de la tierra y de todas los seres (hexagrama 32, página 546, párrafo 8, versión en inglés de Richard Wilhelm. Bollingen Series. 1985).

Después de buscar el DRAE y en el breve diccionario etimológico de Corominas, por el significado de la palabra duración, definiciones básicamente burocráticas, acudí a la nueva y gran Biblioteca de Alejandría: ínternet. Puse en el Google “secreto de la duración” y salieron básicamente cuatro vínculos que contenían los siguientes consejos:

1. Invertir en investigación y desarrollo. La recomendación viene de Michelin, la empresa fabricante de neumáticos, preocupada por el malestar de los usuarios de las llantas por su corta duración. La decisión del sapiente CEO fue invertir el 5 por ciento de su presupuesto anual en investigación y desarrollo de nuevos avances.
2. Consumir menos energía. La recomendación viene esta vez de Pedalibre, una asociación española de usuarios de bicicleta, que aconseja entre otras prudentísimas recomendaciones para que los ciclistas no sean atropellados, encender los faros delanteros de la bicicleta. El problema está en la corta duración de las pilas convencionales de los faros, por lo que la solución es usar una linterna de diodos que apenas si consumen energía (15 horas para una pila AA).
3. Usar correctamente las cosas. El aviso viene del Paraguay, de la empresa Clarke que vende equipos de mantenimiento de pisos, donde dice que el secreto de la duración de las alfombras está en el uso correcto de la barredora de alfombras que vende, que contiene un cepillo batidor que levanta la suciedad.
4. Institucionalizar la incertidumbre. Tan elaborada admonición tenía que provenir de la Argentina, de un blog. Dice que la gente se pregunta por el secreto de la duración de las relaciones entre hombres y mujeres. Contra lo que muchos pensarían, que los vínculos se rompen cuando se agota la novedad en las relaciones, él cree que los vínculos amorosos se sustentan en la incertidumbre. Dice que una pareja se mantiene unida mientras la permanencia en esa relación tenga alguna sombra de amenaza, que se pueda optar por otras relaciones, sin hacerlas efectivamente. Cito: “las parejas se rompen cuando el proceso de conquista se agota porque la pertenencia de los dos (o de al menos uno de ellos) al vínculo se hace previsible; es decir, ya no existe incertidumbre en cuanto a la existencia del lazo y su continuidad (notable paradoja para el sentido común)”.

La recomendación del I Ching es meditar sobre la duración. En esta primera semana del cerdo de fuego solo he podido explorar algunos “secretos”. La meditación es mucho más que eso.

12 de enero de 2007

Similitudes

El Dao De Jing (Tao Te Ching) habla del wu wei, el no actuar, el no hacer, al que describe como la acción espontánea, como la de los niños, la del viento que sopla o del riachuelo que corre ( O. Ferrero). Sigue diciendo Ferrero que es una actividad natural como el sol que no necesita conciencia de dar la luz y el calor a la Tierra, para darla; que el cielo manda la lluvia sin tener la intención de beneficiar la tierra. Por supuesto, que no se debe perder la perspectiva que el taoísmo se desarrolló en un medio confuciano, que ponía el énfasis en un ordenamiento racional, estrictamente reglamentado y ritualista. Contra ese ordenamiento es que Lao Zi propuso el wu wei.

En el cristianismo nos es familiar la enseñanza de que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda, entre otros admirables aforismos sobre el amor al prójimo (que es el amor a Dios).

En los comentarios que Thich Nhat Hanh, monje budista vietnamita, hace al sutra del diamante que cercena la ilusión (Vajracchedika prajnaparamita sutra), dice que el verdadero practicante ayuda a todos los seres vivos de un modo natural y espontáneo. Dice que la mano derecha sabe muy bien que la mano izquierda es también la mano derecha, y que no es necesario tener la idea de ayudar, simplemente, se siente y se hace, sin mayores discriminaciones.

En la tradición sufí, Kahlil Gibrán, lo dice de una manera tan poética: dar sin conciencia de dar, como en el hondo valle da el mirto su fragancia al espacio; que todo aquél que merece recibir sus días y su noches merece todo lo demás; y que el que mereció beber del océano de la vida, merece llenar su copa en nuestro pequeño arroyo.

Y para coronar añade: mirad primero si vosotros mismos merecéis dar y ser instrumento de dación, porque a la verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que os creéis dadores, no sois sino testigos.

11 de enero de 2007

Misticismo y sensualidad

En una noche oscura,
Con ansias, en amores inflamada,
oh, dichosa ventura,
Salí sin ser notada,
Estando ya mi casa sosegada.

Cómo es de sensual la poesía de San Juan de la Cruz y cómo la negación del deseo por las cosas de este mundo, la noche oscura del sentido, contrasta con los placeres sensuales de la unión con Dios. Como si los placeres suspendidos en este mundo se trasfirieran al mundo espiritual donde se desbordarían a ciento por uno, según él mismo dice.

Entre las paradojas del Lao zi (cap. XXIX) se dice que el hombre sabio es austero, sereno, sin extravagancias. San Juan enseña a extinguir el fuego personal en este mundo para que se encienda multiplicado en el otro, en el trascendente. Lao zi sugiere conducirse en este mundo totalmente desapegado de él. San Juan quiere apagar el incendio exterior para encender el interior, el de la llama de amor viva que tiernamente hiere en el alma, el más profundo centro.

Dos espejos, dos ethos, dos pathos.

5 de enero de 2007

I
Por estos días cuando los finales de un año dan origen a los principios de otro, cumplo la redonda cantidad de sesenta años, doce por cinco. Además del misterio propio del número, veo con asombro que se cumple una vez más en mi vida, lo que alguna vez, hace muchos años, me dijo un hippie judío leyendo mi carta astral: tú eres como las hormigas que recorren su camino rodeando los obstáculos que se le presenten hasta llegar a su punto de partida.

Entré a trabajar al Ministerio de Salud el año que hubo aquel Niño impresionante: 1982. Fue en la posta de Punta Negra. Luego fui nombrado en el Hospital María Auxiliadora, sin embargo, casi nunca trabajé en el hospital: siempre estuve designado, encargado de funciones o destacado, en diferentes cargos en el Ministerio de Salud. Ahora, veinticinco años después, vuelvo al María Auxiliadora.

A lo largo de mi vida profesional y de funcionario, he desempeñado una cantidad grande de funciones, realizado trabajos y desarrollado proyectos, pero casi ninguno en relación directa con el María Auxiliadora. Ahora, hacia el término de mi carrera profesional, se abre la oportunidad de trabajar en ese hospital. Como la hormiga del astrólogo, vuelvo a mi lugar de partida.

II
Cuando cumpla sesenta y cinco años también cumpliré los quince años de aportaciones que son requisito para que la AFP en la que estoy inscrito me otorgue la pensión correspondiente. Después de las explicaciones que recientemente me han dado, veo que fue una mala elección la que hice, de pasar del sistema público al privado. Mala elección entre comillas porque aunque la pensión que recibiré puede agotarse antes que me agote yo (literalmente), tampoco me gustaría ser una carga permanente para los contribuyentes que son los que actualmente pagan las pensiones del sistema público.

Estoy pensando aprovechar la coincidencia de treinta años de servicios con los quince de aportaciones, para cerrar un capítulo de mi vida laboral como servidor público. Buscando entre libros una frase redonda que describa ese momento encuentro que Garcilazo de la Vega, el capitán no el Inca, en su égloga Salicio y Nemoroso, aquella del famoso “salid sin duelo, lágrimas, corriendo”, dedica el poema al Virrey de Nápoles, ya jubilado de las guerras imperiales, diciendo que estaba ya “de cuidados enojosos y de negocios libre”. El virrey se dedicó a la cacería. Mi caso es definitivamente plebeyo.

Me gustaría dedicarme a algo que siempre hubiese querido hacer y que por circunstancias de la vida no se pudo. Qué podrá ser eso? Aún no lo sé y parece que es un desafío mayor poder encontrarlo. Dibujaré (siempre me gustó), pintaré, escribiré, o mejor aún, contemplaré el crepúsculo de la tarde. Los limeños somos playeros. Han notado cómo nos gusta contemplar los atardeceres en los días que vamos a la playa? Además, la costa del Perú es pródiga en atardeceres y en algunas regiones, como la costa norte, es indescriptible. Les aseguro, es un espectáculo que no pienso perderme.

13 de enero de 2006

Mi padre había abierto una tienda de baterías en Piura, a la otra cuadra del mercado. En aquella época no había electricidad en las barriadas y en el centro de la ciudad sólo de seis de la tarde a doce de la noche y en cualquier momento, por vejez de la planta térmica, plum! apagón. Entonces, la venta y recarga de baterías fue el gran negocio que llevó a toda la familia de Lima a Piura, con los enseres de la casa cargados todos en la tolva de la enorme camioneta pick up chevrolet del cincuenta, papá, mamá, los tres hermanos, Legario, el chofer y Cali, el perro, a lo largo de mil cien kilómetros de carretera panamericana.

La tienda era una especie de garaje color naranja encendido con un gran logotipo en letras negras redondas: Baterías CAPSA. Los fines de semana y feriados, cuando no había colegio, mi hermano Oscar y yo acompañábamos a mi papá al negocio en la camioneta, también anaranjada con grandes tapabarros negros. Una de las veces en que también participó el Cali, se perdió. Después de tres días de angustiosa búsqueda lo encontraríamos al pobre, embarrado, asustadísimo y lleno de garrapatas porque pulgas siempre tuvo.

No íbamos a trabajar, a mi papá le gustaba que lo acompañásemos. El fundamento del negocio era la recarga de baterías que hacíamos en un grifo en la carretera a Sullana que tenía grupo electrógeno con poleas, fajas y una rueda gigantesca. Con mi papá o Legario al timón, subíamos a la tolva y recorríamos las rancherías pobres de Piura cambiando baterías cargadas por descargadas. Por tres soles la batería de cuatro celdas acopladas podía durar cuarenta y ocho horas o una semana. Si solo se escuchaba radio duraban más pero si además se usaban para el pick up con que las chicherías armaban los bailongos, el recambio tenía que ser más frecuente para fortuna del negocio.

Cómo pesaban las condenadas. Eran negras, de plomo, y peligrosas, adentro tenían una solución acuosa de ácido sulfúrico, si se volteaban podían quemar todo lo que había a su alrededor. Por eso mi papá no nos dejaba tocarlas. Para estaba el chulillo de la camioneta y los churres de las barriadas que, cuando partía, se colgaban de los estribos y parachoques. Mi padre, cómplice, arrancaba despacito y aceleraba de a poquitos ante el regocijo general, y unas decenas de metros más adelante, Oscar y yo: ya churres, bájense! mientras Cali ladraba enloquecido.

Castilla, Talarita, Catacaos, la Manganchería, el Barrio de las Latas, eran los lugares por donde íbamos en la camioneta que era conocidísima. Don Luján, lo llamaban las señoras saliendo de las chozas de esteras secándose las manos. La charla amical era una delicia entre Don Luján y las señoras, gordas, con sus aretes de filigrana enormes, sus faldas de china cholas y su delantal cocinero. Mostraban orgullosas sus flamantes radios Zenith, Telefunken, Phillips, de tubos, con ojo mágico, onda corta y onda larga, se escuchaban programas de Lima, Helen Curtis pregunta por sesentaicuatromil soles en la voz total de Pablo de Madalengoitia, que se alimentaban con las baterías que eran el negocio de mi padre, don Lucho Luján.
Patio de maniobras