Mi padre había abierto una tienda de baterías en Piura, a la otra cuadra del mercado. En aquella época no había electricidad en las barriadas y en el centro de la ciudad sólo de seis de la tarde a doce de la noche y en cualquier momento, por vejez de la planta térmica, plum! apagón. Entonces, la venta y recarga de baterías fue el gran negocio que llevó a toda la familia de Lima a Piura, con los enseres de la casa cargados todos en la tolva de la enorme camioneta pick up chevrolet del cincuenta, papá, mamá, los tres hermanos, Legario, el chofer y Cali, el perro, a lo largo de mil cien kilómetros de carretera panamericana.
La tienda era una especie de garaje color naranja encendido con un gran logotipo en letras negras redondas: Baterías CAPSA. Los fines de semana y feriados, cuando no había colegio, mi hermano Oscar y yo acompañábamos a mi papá al negocio en la camioneta, también anaranjada con grandes tapabarros negros. Una de las veces en que también participó el Cali, se perdió. Después de tres días de angustiosa búsqueda lo encontraríamos al pobre, embarrado, asustadísimo y lleno de garrapatas porque pulgas siempre tuvo.
No íbamos a trabajar, a mi papá le gustaba que lo acompañásemos. El fundamento del negocio era la recarga de baterías que hacíamos en un grifo en la carretera a Sullana que tenía grupo electrógeno con poleas, fajas y una rueda gigantesca. Con mi papá o Legario al timón, subíamos a la tolva y recorríamos las rancherías pobres de Piura cambiando baterías cargadas por descargadas. Por tres soles la batería de cuatro celdas acopladas podía durar cuarenta y ocho horas o una semana. Si solo se escuchaba radio duraban más pero si además se usaban para el pick up con que las chicherías armaban los bailongos, el recambio tenía que ser más frecuente para fortuna del negocio.
Cómo pesaban las condenadas. Eran negras, de plomo, y peligrosas, adentro tenían una solución acuosa de ácido sulfúrico, si se volteaban podían quemar todo lo que había a su alrededor. Por eso mi papá no nos dejaba tocarlas. Para estaba el chulillo de la camioneta y los churres de las barriadas que, cuando partía, se colgaban de los estribos y parachoques. Mi padre, cómplice, arrancaba despacito y aceleraba de a poquitos ante el regocijo general, y unas decenas de metros más adelante, Oscar y yo: ya churres, bájense! mientras Cali ladraba enloquecido.
Castilla, Talarita, Catacaos, la Manganchería, el Barrio de las Latas, eran los lugares por donde íbamos en la camioneta que era conocidísima. Don Luján, lo llamaban las señoras saliendo de las chozas de esteras secándose las manos. La charla amical era una delicia entre Don Luján y las señoras, gordas, con sus aretes de filigrana enormes, sus faldas de china cholas y su delantal cocinero. Mostraban orgullosas sus flamantes radios Zenith, Telefunken, Phillips, de tubos, con ojo mágico, onda corta y onda larga, se escuchaban programas de Lima, Helen Curtis pregunta por sesentaicuatromil soles en la voz total de Pablo de Madalengoitia, que se alimentaban con las baterías que eran el negocio de mi padre, don Lucho Luján.
13 de enero de 2006
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