I
Por estos días cuando los finales de un año dan origen a los principios de otro, cumplo la redonda cantidad de sesenta años, doce por cinco. Además del misterio propio del número, veo con asombro que se cumple una vez más en mi vida, lo que alguna vez, hace muchos años, me dijo un hippie judío leyendo mi carta astral: tú eres como las hormigas que recorren su camino rodeando los obstáculos que se le presenten hasta llegar a su punto de partida.
Entré a trabajar al Ministerio de Salud el año que hubo aquel Niño impresionante: 1982. Fue en la posta de Punta Negra. Luego fui nombrado en el Hospital María Auxiliadora, sin embargo, casi nunca trabajé en el hospital: siempre estuve designado, encargado de funciones o destacado, en diferentes cargos en el Ministerio de Salud. Ahora, veinticinco años después, vuelvo al María Auxiliadora.
A lo largo de mi vida profesional y de funcionario, he desempeñado una cantidad grande de funciones, realizado trabajos y desarrollado proyectos, pero casi ninguno en relación directa con el María Auxiliadora. Ahora, hacia el término de mi carrera profesional, se abre la oportunidad de trabajar en ese hospital. Como la hormiga del astrólogo, vuelvo a mi lugar de partida.
II
Cuando cumpla sesenta y cinco años también cumpliré los quince años de aportaciones que son requisito para que la AFP en la que estoy inscrito me otorgue la pensión correspondiente. Después de las explicaciones que recientemente me han dado, veo que fue una mala elección la que hice, de pasar del sistema público al privado. Mala elección entre comillas porque aunque la pensión que recibiré puede agotarse antes que me agote yo (literalmente), tampoco me gustaría ser una carga permanente para los contribuyentes que son los que actualmente pagan las pensiones del sistema público.
Estoy pensando aprovechar la coincidencia de treinta años de servicios con los quince de aportaciones, para cerrar un capítulo de mi vida laboral como servidor público. Buscando entre libros una frase redonda que describa ese momento encuentro que Garcilazo de la Vega, el capitán no el Inca, en su égloga Salicio y Nemoroso, aquella del famoso “salid sin duelo, lágrimas, corriendo”, dedica el poema al Virrey de Nápoles, ya jubilado de las guerras imperiales, diciendo que estaba ya “de cuidados enojosos y de negocios libre”. El virrey se dedicó a la cacería. Mi caso es definitivamente plebeyo.
Me gustaría dedicarme a algo que siempre hubiese querido hacer y que por circunstancias de la vida no se pudo. Qué podrá ser eso? Aún no lo sé y parece que es un desafío mayor poder encontrarlo. Dibujaré (siempre me gustó), pintaré, escribiré, o mejor aún, contemplaré el crepúsculo de la tarde. Los limeños somos playeros. Han notado cómo nos gusta contemplar los atardeceres en los días que vamos a la playa? Además, la costa del Perú es pródiga en atardeceres y en algunas regiones, como la costa norte, es indescriptible. Les aseguro, es un espectáculo que no pienso perderme.
5 de enero de 2007
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2 comentarios:
Sí amigo, haz lo que quieras, si no estás seguro de de ello aún, anda a la playa este verano, contempla esos maravillosos atardeceres que mencionas y decide con calma y placer lo que te gustaría hacer. Recuerda que la vida se compone de instantes, momentos precisos que debemos vivir a plenitud.
No dejes de soñar... sigue
Sorpresa! Un despistado amigo cayó por mi silencioso blog. Gracias por venir a este lugar y por tu comentario. Ya que estás en Cajamarca las probabilidades de contemplar un mismo atardecer en Huanchaco o Pacasmayo, se incrementan.
Manolo
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